Pienso, luego… no sé.

¿Tiene precio la vida?; es decir, la propia pregunta puede llegar a ofender, por lo obvio de la respuesta; no existe forma de ponerle un precio a la vida, y la razón es compleja, pues, la vida es finita y terriblemente sensible, es fugaz y divina, la vida es un misterio, la vida no puede ser restituida a nadie a quien ya le abandonó; como sí se puede devolver la funcionalidad a un aparato, o se puede reconstruir un puente o se puede reemplazar una pieza mala. Al sentarme ante el aparato que tengo enfrente para escribir, repasaba en aquel aparato e inspeccioné en mi mente los dos mil quinientos miseros soles que le costaron la vida a un ser humano, padre de hijos, pareja de una mujer, amigo de algunos, compañero de otros; y pensé que escribiría comparando la vida de este hombre con esos dos mil quinientos soles y el aparato; pero me pareció tan ofensivo que me detuve inmediatamente y no pude continuar. Y como ya no puedo continuar por ese sendero, mejor escribiré sobre la vida, el amor y el dolor.

Cuando uno es padre llega la época del verdadero enamoramiento, uno se enamora primero de los hijos y después, de la vida; y se aferra a la vida con anclas de acero; es decir, temes más, te das cuenta de lo frágil que es la vida, pues nuestros hijos nos enseñan lo delicados y sensibles y hermosos que pueden ser, miramos sus ojos apenas en formación y al escuchar su timbre de voz, y al verlos erguirse por primera vez nos consolamos sabiendo que no importa lo que suceda en el futuro, lo único que les deseamos a nuestros seres amados es una larga, hermosa y feliz existencia. Amor… seres amados… amamos… si Descartes dijo: “pienso y por consiguiente existo”, yo ahora me aguanto el nudo en la garganta y les digo “amo entonces existo…”, no hay mayor prueba de la existencia de la “humanidad” que el simple hecho que podamos amar a un ser humano, y ¿qué es, pues, el amor? No me atrevo ni siquiera imaginar o tratar de sentir el dolor por el que atraviesan los hijos y familiares del señor Esteban Rivas. No he venido a escribir esta columna para decir que fue una persona maravillosa, pues no lo conozco, seguro tenía sus defectos y virtudes como todo ser complejo y humano; pero sí he venido a decir que la vida no tiene precio. Ante la muerte es que recién pensamos lo valiosa que es la vida; y ¡ojo!, no hablo de precio sino de valor.

A la persona que ha causado esta pérdida, le deseo justicia; es decir, que la justicia le alcance, esté donde esté y que esos dos mil quinientos le hayan sido de mucho provecho. Vivimos en una sociedad violenta, que puede generar paranoia a los que la vivimos, creo que en este tiempo necesitamos más psiquiatras que maestros de escuela para ver si así rescatamos un poco nuestra humanidad. Será labor de las generaciones futuras entender y curar las psicopatias de los seres humanos.

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